Del Pesebre a la Cruz

01-08-2022

Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un hombre rico entrar en el reino de Dios” (Mt. 19:24).  Esta comparación de Jesús suena muy extraña para nuestros oídos, porque en realidad significaría que el acceso al cielo está formalmente cerrado a todos aquellos que pueden ser considerados “ricos”. Entre otros, una gran parte de la población del occidente rico tendría entonces poca o ninguna posibilidad de un lugar en el reino celestial.  Además, la interpretación literal de este dicho contradice otra declaración de Jesús, en la que aconseja a los ricos que aseguren su salvación futura haciendo amigos “con el dinero injusto”.

Las palabras de Jesús se vuelven mucho más comprensibles y menos fatalistas cuando uno sabe que en la Jerusalén de su tiempo había una o más puertas que eran tan pequeñas que un camello cargado no podía pasar. Por eso se les llamaban “el ojo de una aguja”. El camello primero tuvo que ser descargado y luego apenas pudo pasar a través de la puerta. Jesús aparentemente quiso decir que un hombre rico tendrá que abandonar su apego a las posesiones materiales antes de que pueda tener acceso al reino espiritual de Dios. Además pronunció estas palabras después de invitar al joven rico a dejar todo atrás y seguirlo, un pedido que resultó demasiado pesado para este joven muy piadoso.

La propia vida de Jesús fue el ejemplo perfecto de desapego total. Él nos enseñó que nuestras vanidades terrenales, adictos o necesidades excesivas están en conflicto permanente con los requisitos del  amor verdadero. Lo mismo nos lo dice de vez en cuando nuestra propia conciencia, si es que está realmente bien formada. ¿Quién nunca tuvo la tentación de “dar un empujoncito” a la verdad, con la intención de inclinar ciertas situaciones a su favor? ¿Quién nunca, en secreto o abiertamente, elige por sí mismo cuando hay que elegir entre satisfacer sus propias necesidades y las de los demás? ¿Quién tiene la honradez moral de rechazar un ascenso, que puede obtenerse a través de relaciones, pero a expensas de otros candidatos más competentes? ¿Quién nunca actúa, consciente o inconscientemente, de acuerdo con la “ley del más fuerte, más astuto o menos escrupuloso”?

La lógica económica del “sistema de libre mercado” imperante, en el que nosotros como productores o consumidores somos uno de los muchos engranajes, utiliza como idea básica la competitividad mutua, que promueve una mentalidad de “primero yo y luego los demás”. En tal contexto, el ideal de la caridad cristiana sólo es vivido por una minoría, mientras que la mayoría es arrastrada por la estampida por una mayor comodidad y el prestigio social. La verdadera ética humanitaria es reemplazada por las llamadas normas “humanistas” y los “derechos humanos”, dictados por la clase política dominante, los requisitos imperativos de las apariencias y las prioridades de la “calidad de vida” a perseguir.

La imagen social resultante nos muestra una ampliación de lo que Jesús quiso decir con los ricos que no pasan por el ojo de una aguja. Es la imagen de una multitud que trata abrirse paso por las puertas estrechas hacia el mayor confort y la posición social más alta posible, los verdaderos ideales normativos de la mayoría. Cuanto más uno piensa que ha llegado al otro lado, mayor es el falso ‘sentimiento de felicidad’ que lo acompaña. Sin embargo, las crecientes tasas de suicidio en los países de bienestar contradicen los resultados optimistas de las encuestas de felicidad con las que nos regocijan periódicamente nuestros medios.

Ya desde más de un siglo, la Iglesia Católica se ha distanciado cada vez más del pensamiento de poder medieval y de las estructuras antisociales que fueron cultivadas, propagadas y propagadas por las capas más ricas de la sociedad en su propio interés. Desde la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII en 1891 hasta la encíclica Caritas in veritate del Papa Benedicto XVI en 2009, toda una serie de encíclicas y una carta apostólica han elaborado y aclarado sistemáticamente la doctrina social de la Iglesia. El actual Papa Francisco nos enseña con palabra y ejemplo que la Iglesia debe estar del lado de los necesitados y de los débiles. Nuestra misión cristiana hoy es continuar mostrando a las personas el camino hacia la verdadera felicidad imperecedera: el camino de la sencillez, el servicio y la solidaridad, que nos muestra Jesús, nuestro Salvador.

Esto no significa que la riqueza sea necesariamente pecaminosa, sino que su mal uso es una injusticia. Pocos tienen la sabiduría para darse cuenta de que cuanto más se tiene, mayor es la responsabilidad que se tiene por el buen manejo de estos bienes materiales. Jesús ha valorado la riqueza como “dinero injusto”, porque las abundantes posesiones materiales son a menudo mal utilizadas, es decir de una manera egocéntrica.

El Hijo de Dios eligió nacer en un establo abandonado, con un pesebre por cuna, y morir por nosotros como un inocente convicto, que fue clavado desnudo en la cruz por el estamento político y religioso de su tiempo. Al hacerlo, se identificó con todos aquellos que “no han llegado”. Vivió la vida de los desposeídos. Hasta el extremo, Él ha sufrido el sufrimiento de todos aquellos que mueren en condiciones “inhumanas”, en lugar de morir “dignamente”, de acuerdo con las normas de eutanasia apreciados por la parte próspera de la humanidad de hoy.

Desde el pesebre hasta la cruz, el Hijo del Hombre dio el ejemplo salvífico de total abnegación al servicio de sus “prójimos”: sus hermanos humanos perdidos y cegados. Él fue el Cordero profetizado que fue llevado sin resistencia al matadero para nuestra salvación espiritual. Al hacerlo, nos dio el ejemplo de una entrega total a la voluntad de Dios y una fe inquebrantable en Él. Especialmente este último es a veces difícil de encontrar, incluso entre los creyentes más diligentes y piadosos. Cuando comenzamos a darnos cuenta de eso, estamos bien encaminados para llevar nuestra cruz personal sin murmurar, la característica casi inevitable de una vida fructífera, al servicio de Dios y de nuestros semejantes.

IVH

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