El evangelio modernista según Roger Lenaers

07-02-2021

Capítulo 1

Introducción

Acerca del autor

Cualquiera que le guste lidiar con contradicciones, sin duda será satisfecho por las obras de Roger Lenaers, posiblemente nuestro modernista más famoso internacionalmente. Una buena síntesis de su pensamiento se puede encontrar en su obra “Éxodo de antiguos mitos cristianos”, como una extensión de un ensayo anterior, “El sueño de Nabucodonosor”. (*)

Roger Lenaers a veces también es llamado “Bultmann-Light”, porque habría prestada la base de sus opiniones del teólogo protestante Rudolf Karl Bultmann († 1976). Es un jesuita flamenco, nacido en 1925 y aparentemente todavía párroco en un pueblo de montaña en el Tirol. Es incomprensible para el común de los mortales que nunca fue puesto fuera de su orden y fuera de la Iglesia Católica. En sus obras, derriba tanto la fe católica como la Iglesia, sin piedad ni moderación, hasta sus cimientos, en sus propias palabras para preservar sólo lo que es útil para una mente moderna “iluminada”.

Una primera gran contradicción se encuentra en la persona del propio Roger Lenaers. Está formado como jesuita y por lo tanto es miembro de una orden cuyo fundador exigió una obediencia radical de sus miembros a la Sagrada Escritura, a las verdades de la fe y a la jerarquía de la Iglesia, especialmente al Papa. Los jesuitas incluso hacen un voto especial de obediencia a este último. Sin embargo, esto no impide que el Padre Lenaers escriba (pág. 26): “El Papa no tiene más autoridad doctrinal de la que tenía antes” y “Se le llama sin pensar jefe de la Iglesia. Pero no los es”. Todo lo que escribe está en marcada contradicción con casi todas las declaraciones papales desde el comienzo del cristianismo. Su libro podría fácilmente haber sido escrito por nuestro Papa local del ateísmo, Profesor Em. Etienne Vermeersch (**), excepto que Lenaers todavía dice creer en una “fuerza” que él llama “Dios”.

Evaluación general de su obra

El axioma desde el que comienza es la “teonomía”, un concepto al que da una definición que es en contradicción con el significado esperado. La teonomía proviene del antiguo griego Teos (Dios) y Nomos (ley, gobierno) y por lo tanto normalmente se refiere a una realidad que está sujeta a Dios. Pero en este teólogo contrario, especialista en lenguas antiguas, es una realidad que ha recibido de Dios algunas leyes naturales, pero que por lo demás evoluciona de una manera totalmente autónoma. Dios sólo está presente allí como una especie de misteriosa “fuerza motriz y/o de atracción”, pero de ninguna manera puede intervenir. Cómo esta energía pasiva ha logrado dar a la realidad sus complejas leyes matemáticas, esto pertenece convenientemente a su misterio. Esto normalmente requeriría un acto de creación, pero eso es un milagro, en su pensamiento “teonómica” un fenómeno inutilizable, derivado de una visión religiosa de la realidad condenada a desaparecer para siempre.

Toda su teoría parece más a una filosofía literaria coja que a una teología. El hecho de que también estudió filosofía puede tener algo que ver con esto. Sus conceptos tienen una afinidad con los de Hegel, el filósofo que se cree que inspiró a toda una serie de ateos, incluyendo a Marx y Nietzsche. A diferencia de esto último, Lenaers no dice que “Dios está muerto” sino “vivo”. Aunque en la práctica, no se ve mucho del hecho de que este “Primer Motor Inmóvil” que él llama Dios está vivo … Trate de entender esto como creyente ordinario, que espera extraer de sus libros algo precioso para su vida.

En su teonomiá, por lo tanto, Dios sería algo así como una “energía de amor” que se esconde cuidadosamente entre los átomos del universo, cuya evolución es propuesta por Lenaers como “autoexpresión” de este poder del amor. Su función es asegurar pasivamente que las leyes establecidas de la naturaleza sean estrictamente respetadas, con miras a una identificación completa final del universo con el dios del amor, escondido en lo profundo de ese mismo universo. Por supuesto, esto no se encuentra literalmente de esta manera en esta introducción al modernismo, pero se puede deducir directamente de ella. Debemos advertir a los lectores, para mayor claridad, que a veces utilizaremos en los párrafos que siguen el razonamiento del modernismo científico específico de Lenaers, y no el nuestro, como creyentes católicos. Nuestra intención al hacerlo es sacar a la luz el absurdo contradictorio de este modernismo. 

Roger Lenaers escribe muy bien. Capítulo por capítulo, acaba con toda la doctrina tradicional. Pero, de hecho, podría ahorrarse todo esto esfuerzo. Desde el momento en que alguien acepta el axioma “moderno” fundamental, del monopolio de una sola realidad material de la que Dios mismo es necesariamente parte, excluyendo cualquier otra realidad espiritual, puede llegar sin demasiada dificultad a las mismas conclusiones, y así tirar a casi toda la doctrina católica a la montaña de basura. Sin embargo, en esta obra de demolición religiosa Lenaers logra, de una manera casi genial, reciclar elementos, para ponerlos al servicio de su teonomía, mientras están completamente en conflicto con ella. Con eso puede proteger de la desolación total a los lectores que se dejan influenciar por él, y darles a pesar de todo un poco de “esperanza” o “fe”. Este erudito jesuita se ha entregado de manera consistente al “dios de la razón” procedente de la “Ilustración”, pero sin embargo quiere ofrecer a sus lectores o seguidores un “Dios del amor”. No podemos simplemente acusarlo de impiedad, no de malas intenciones, sino de querer ser coherente de manera incoherente. 

Según este pastor modernista, para el “creyente de la modernidad” sólo hay una realidad “intramundana”, a diferencia de las visiones religiosas “heterónomas” de períodos menos “iluminados”, en las que se estaba convencido de que también existe una realidad espiritual, aparte de una realidad material creada. Proclama un materialismo en el que se ha insertado una deidad, para satisfacer una necesidad percibida o innata de sentido. Pero ella no encaja ahí para nada, para decirlo un poco irrespetuosamente. Lenaers no sólo carece de una explicación plausible del proceso concreto de creación de esta realidad, sino también deja a sus lectores en la oscuridad sobre el resultado final de toda la evolución a la que está sometida.

Si todo sigue sólo las reglas de una evolución autónoma, regida por las leyes inmutables y científicamente verificables de la naturaleza, entonces no hay muchas posibilidades que queden: o el todo desaparece definitivamente en un “agujero negro” inimaginable, o la materia continúa indefinidamente su expansión, o se obtiene un ciclo interminable de implosiones seguidas de “Big Bangs”. Por supuesto, también existe la posibilidad de una autodestrucción fatal de la humanidad, mediante una guerra nuclear, por ejemplo. De esta manera se acabaría prematuramente, al menos para nuestra especie terrestre humana, la “autoexpresión de un misterio que es amor” (sic, p.132) en el fondo sin sentido y la miseria masiva que la acompañó. Por lo tanto, estas perspectivas “teonómicas” no son precisamente capaces de generar mucho entusiasmo o promover el compromiso con un mundo mejor, lo que es el objetivo del autor, según su explicación.

El resultado de toda esta inyección de energía de amor en un universo que evoluciona de forma autónoma no es realmente gratificante. Miles de millones de años, sin ningún rastro de materia consciente y con muchos eventos catastróficos en la Tierra y en el vasto cosmos, finalmente han dado lugar a formas de vida, la mayoría de las cuales ya han llegado desde mucho tiempo a su fin en extinciones masivas. Muy recientemente, en la escala geológica del tiempo, esta evolución ha generado una especie animal que se llama “humana” y de la cual una parte se mantenían desde entonces ocupadas desgarrando y destruyendo a sus semejantes, muy a menudo literalmente en el nombre de Dios. Pero según la teonomía discutida aquí, esto no es tan malo como parece: no es “mal” o “pecado”, porque algo como eso no existe. Es sólo una oposición al crecimiento del amor (sic, pág. 130). También podría ser solo incapacidad, incompletitud o inmadurez evolutiva (sic, pág. 131). El objetivo final del gigantesco “proceso de amor” evocado es que todos los individuos nacidos se mezclen de nuevo en el dios cosmológico del amor, al igual que las gotas de lluvia se reintroducen en el océano del que se evaporaron (pág. 131). Sin embargo, esta imagen no es apropiada aquí, porque una vez muerto, pronto no queda nada del ser humano – que según Lenaers no tiene alma – ni siquiera algo que se puede comparar con una “gota”. Los huesos restantes del “hombre teonómico”     están irrevocablemente condenados a desaparecer en la naturaleza o ser fosilizados en una roca.

Es muy poco probable que el contacto con este “eu aggelion” (buenas noticias) de Roger Lenaers, haga palpitar muchos corazones de amor, alegría y esperanza. El creyente de la teonomía debe estar contento con la aseguración modernista de que todo finalmente saldrá bien. Desde esta perspectiva, la pérdida apreciada y deseada de sí mismo en el inevitable “glotón amoroso” descrito anteriormente, es la máxima expresión de amor humano. La aceptación resignada de este destino final de todo ser humano, no tan atractivo pero muy honorable, es presentado al final del capítulo 8 como “pan grueso, pero nutritivo”. A cada uno su gusto, por supuesto, pero ciertamente no es sorprendente que en una cultura donde se dan estas predicciones fatalistas, el suicidio y la eutanasia están aumentando gradualmente.

Su supuesta imposibilidad de pensar todavía heteronómicamente

Los principales puntos de partida que Roger Lenaers utiliza para su retoque filosófico/teológico son: la imposibilidad para el hombre moderno, desde la “Ilustración” y Darwin, de pensar todavía de manera heteronómica; el carácter principalmente mitológico de la Biblia, incluyendo el Evangelio; los errores de la Iglesia al establecer todo tipo de dogmas que no son apoyados por la Sagrada Escritura y que tampoco serían inspirados por el Espíritu Santo, sino sobre todo por consideraciones seculares. Sobre este último punto, ya podemos observar que el Espíritu Santo no tiene refugio en esta teonomía (después de todo en ella la Trinidad es suprimida) y así podemos estar muy seguros de que Él no ayudó a sus inventores.  En esta primera parte de nuestra discusión, examinaremos ahora brevemente el primer punto de partida.

Lenaers expresa su convicción de que una imagen heterogénea del mundo, donde también hay espacio para un mundo espiritual, ya no es aceptable y, por lo tanto, inevitablemente desaparecerá. La caída de la fe en nuestro país, que tiene el honor accidental de ser la patria de este famoso “teonomista”, parece confirmar su tesis. Pero si nos tomamos la molestia de mirar un poco más allá, debemos admitir que el estado de la heteronomía no es tan malo a nivel mundial. La gran mayoría de los que se llaman religiosos aceptan la existencia de un Dios trascendente, que nos creó, que realmente se preocupa por nosotros y a quien debemos obediencia. Aunque todos son personas de nuestro tiempo, incluyendo por supuesto a muchos intelectuales, son clasificados por el anciano Lenaers como retrasados anticuados, que son demasiado estúpidos para saltar a tiempo, como él, en el tren de la modernidad, y que pronto pertenecerán a una minoría agonizante. Tiene derecho a esta esperanza, pero estadísticamente, antes de que se convierta en realidad, Lenaers ya estará mucho tiempo disuelto en el océano de amor que soñaba, porque, por lo que sabemos, el porcentaje de “creyentes heterónomos obsoletos” en el mundo no va en el sentido descendente.

En lo que respecta a nuestra región, podemos esperar que dentro de unos años se alcance el punto más bajo, donde la distinción se habrá vuelto irrelevante entre las visiones de los creyentes modernistas en la teonomía y los creyentes ateos en la autonomía del universo. Por lo tanto, esperamos que la claridad regrese, y la nueva predicación de la fe auténtica en un Padre divino activamente creativo y actuando podrá de nuevo ponerse en marcha eficazmente. Entonces habrá terminado con la falsificación de aquellos que dicen ser “católicos” pero predican una doctrina que ni siquiera puede ser etiquetada como “cristiana en general”.  ¿Cómo pueden afirmar ser discípulos de Cristo y al mismo tiempo catalogarlo como un mero mortal, cuya doctrina es completamente obsoleta, porque se basa en la relación entre criaturas limitadas en un entorno material y un Dios Todopoderoso que les muestra el camino hacia su gloria espiritual? Sólo los medio genios como Roger Lenaers son capaces de vender una contradicción tan fundamental como un todo coherente – al menos por un tiempo.

En cuanto al darwinismo y la “Ilustración”: todo esto también empieza a desgastarze. Como uno debería saber, Darwin nunca formuló “leyes de la naturaleza” sino una hipotética ley estadística que consideró el origen de las especies. Esta ley (basada en la “supervivencia del más apto”) todavía es aceptada por muchos biólogos, pero aún no ha sido probada después de más de un siglo y medio. Está empezando a perder su credibilidad, entre otros sobre la base de la nueva ciencia biomolecular. En cuanto a la Ilustración, podemos ser breves. Las mentes verdaderamente iluminadas han entendido ya desde mucho tiempo, que la “ciencia”, cuyo dominio se limita por definición a lo materialmente comprobado, no puede decirnos nada sobre si existe o no un mundo espiritual.

(*) Traducción de los títulos de la versión neerlandesa de estos libros, originalmente en alemán. Hasta ahora no están traducidos en español. En español hay de este autor: “Otro cristianismo es posible – El fin de una Iglesia medieval” y “Aunque no haya un Dios ahí arriba”,tratando con los mismos temas.

(**) Murió en Gante el 18-01-2019. Hablamos de este filósofo, de su influencia y de sus filosofías materialistas en otros artículos.

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